Crónica Sónar 2014

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Gesaffelstein. Foto: Juan Sala
17 Junio, 2014 - 14:15

Crónica Sónar 2014

El pasado Sónar fue uno de los mejores que se recuerdan en los últimos años, tanto por el nivel de la programación (especialmente en la sección diurna) como por la comodidad que imperó en la mayoría de actuaciones del festival. En su segundo año ubicado en la Fira de Plaça Espanya, el Sónar de Día presentó notables mejoras a nivel de planificación de espacios y de sonido, aunque aún quede trabajo por hacer en este último aspecto. Además, incorporó el que sin duda ha sido el escenario estrella de esta edición, Despacio, regido por las maratonianas sesiones disco de James Murphy y 2manydjs. Durante seis horas diarias, los tres DJs mezclaron clásicos imprescindibles con joyas estrambóticas de valor incalculable en una ubicación para 1000 personas con un sonido impecable y una filosofía basada en clubs clásicos como el Paradise Garage de Nueva York: con toda la importancia centrada en la música que sonaba, restando protagonismo al DJ y pidiendo que nadie hiciese fotos ni videos para no romper el ambiente mágico que se creó.

Empezamos la primera jornada en el Sónar Hall, vestido por unas espesas cortinas de terciopelo y teñido de color rojo oscuro. Allí los catalanes Balago trasladaron al directo los temas de su imprescindible último disco, “Darder” (Foehn, 2013). Beats downtempo definieron una densa y oscurísima base sobre la cual dibujaron arpegios y apuntes de épica cósmica. Desde detrás de la masa de humo que cubría el escenario y a pesar de que el volumen podría haber estado más alto, nos adentraron en la noche más profunda a pleno mediodía. Tras ellos, el productor Chris Madak (aka Bee Mask) desarrolló diferentes pasajes ambientales de intensidad y naturaleza cambiante. La mayoría del público le escuchó estirado con el suelo, dejándose transportar por una magnífica sesión purificadora y relajante ideal para introducir los días de fiesta interminable que nos esperaban. Más tarde, el mismo escenario acogió el que sin duda fue uno de los mejores conciertos del festival. El trío japonés Nisennenmondai adaptó y unió sus temas de kraut intenso y testarudo de modo que, si uno cerraba los ojos, creía estar inmerso en una sesión de techno minimalista y no delante de tres chicas que tocaban la guitarra, el bajo y la batería. Sin duda alguna, uno de los grupos de guitarras que siguen innovando y sonando interesantes y excitantes en 2014. Todo lo contrario que Plastikman. El alter ego con el que Richie Hawtin revolucionó la electrónica en los 90 resucitó para presentar “Objekt”, espectáculo audiovisual basado en su reciente último trabajo (“EX”, editado en Mute la misma semana del festival). Un obelisco con unas proyecciones nada impresionantes situado en medio del Sónar Village presidió una actuación insubstancial e innecesaria que no satisfajo ni a los fans de Plastikman ni a los de la faceta bailable y desenfrenada de Hawtin. Otra decepción entre la cantera experimental del festival fueron Chris & Cosey. Los que antaño formaron parte de Throbbing Gristle ofrecen ahora un directo populista y sin pizca de riesgo. No es que sus temas cold wave sonaran mal, pero oir un bombo permanente y ver a Cosey Fanni Tutti haciendo palmas casi nos hace caer un mito. Mientras, otra pareja, la de los catalanes Desertactuaba en el auditorio presentando las canciones de su nuevo EP, “Envalira(Buenritmo, 2014). Los loops vocales de Cristina Checa todavía rebotan en nuestra cabeza. Tras ellos y en el mismo escenario, Ben FrostEl islandés actuó en el auditorio del festival acompañado por dos percusionistas que, junto al volumen atronador, consiguieron que los temas de sus dos últimos discos sonaran como una experiencia monolítica y religiosa. A pesar de esto, la puesta en escena y la sonorización restaron importancia a los matices electrónicos, de modo que al cabo de un rato aquello parecía más bien una batucada por parte unos neandertales en trance. Mientras, el histórico productor Daniel Miller (padre de Mute Records) hacía bailar al público del Village con una notable sesión de carácter minimalista.

Moderat - Sonar Lab - Juan Sala

El viernes había expectación para ver la que era una de las actuaciones más ambiciosas de este Sónar, la que hizo Oren Ambarchi acompañado por una batería y por los 20 músicos de la orquesta de cuerda de Cracovia. Fue seguramente también el concierto más arriesgado de la edición: más de media hora de drone monótono en el que la orquesta no aportó mucho más que capas de densidad. Al final, uno no podía evitar distraerse y pensar en la cara que debía de estar haciendo el alcalde Trias, que acudió junto al de Cracovia. Simian Mobile Disco venían a presentar una nueva faceta teóricamente alejada de las pistas de baile, pero la vertiente ambiental duró solo 20 minutos. Eso sí, después no interpretaron ninguno de sus éxitos y los temas sonaron más experimentales que de costumbre. Hubo fragmentos resultones y celebrados, pero también medianías y fallos de continuidad. Queda pendiente ver como suenan en el disco grabado en directo que editarán próximamente. Después de actuar el año pasado para solo una veintena de personas en una fiesta off Sónar a pocos metros del festival, esta vez Jon Hopkins protagonizó el único llenazo asfixiante que se recuerda de esta edición. La puerta de acceso al Sónar Hall estaba completamente colapsada, pero desde allí se intuía un repaso de su último disco (junto a algún tema anterior) faltado de sensibilidad y encarado totalmente a la pista de baile. Mientras, el legendario DJ Theo Parrish cerró el Village con una magistral sesión de house y Oneohtrix Point Never presentó su sensacional “R Plus Seven” (Warp, 2013) ilustrándolo con renders en 3D de figuras post-internet.

En la noche del viernes destacaron dos de los lives más sonados de esta edición: el de Todd Terje, capaz de convertir el Sónar en una fiesta a orillas del Caribe, y el destello de psicodelia colorista -y hedonista – del conciertazo de Caribou (qué ganas ya del nuevo disco). En la otra cara de la moneda estuvo la decepcionante actuación de Moderat, quienes parecen haber caído en el día de la marmota de la publicación de su álbum de debut en 2009.

Roy Kopprobyn - Sonar Club - Ariel Martini

El último día de festival empezó con la mayor sorpresa de la edición. Había curiosidad para ver el live del guatemalteco afincado en Barcelona Simon Williams, aka Sunny Graves. Lo que no esperábamos es que su concierto fuera para nosotros el mejor del pasado Sónar. Avanzó los temas de lo que será su inminente debut, el EP “Bayou” (Disboot, 2014). Fue una actuación mutante, con fragmentos ambient, noise y techno con influencias de la electrónica de los 90 (jungle, IDM, ...). A pesar de la mezcla, la actuación se desarrolló de manera natural y unitaria, sumergiendo al público en una oscuridad cósmica iluminada por unas visuales abstractas en blanco y negro diseñadas por Ariadna Serrahima. Justo después, Roll the Dice desarrollaron sus temas lentos, pesados y lineales. Una densidad magnetizante que hipnotizó a la audiencia pero que no llegó a la altura de propuestas similares como la de Raime, por ejemplo. Es extraño que un grupo de hip hop actúe en un auditorio, aunque ciertamente los temas de Clipping. no son precisamente bailables. Allí su agresividad se vio descafeinada, con el volumen de la voz muy por sobre del de unas bases noise que no sonaron tan brutales como en el disco. Los problemas de sonido del inicio de la actuación de Dâm-Funk hicieron temer lo peor. Se solucionaron al cabo de poco, pero de todos modos el hecho de que pinchase sus propios temas y cantase encima en vez de actuar con una banda a la altura de sus producciones hizo que nos fuéramos pronto a ver el sad pop emocionante de Majical Cloudza Audion, que resultó ser una de las decepciones más sonadas de estos días. Matthew Dear venía a presentar un live audiovisual diseñado por el mismo estudio con el que trabaja Amon Tobin, pero que no resultó ni de lejos tan impresionante como el de “ISAM”. Además, a pesar de sus más de diez años de trayectoria como Audion, Dear se mostró perdido y torpe en la parte musical, que también se resintió por las deficiencias de sonido. Seguramente por eso, el volumen en el concierto de James Holden fue prudentemente más bajo. Presentó su último disco, “The Inheritors” (Border Community, 2013), acompañado por un saxo y una batería que aportaron pasajes improvisativos y cercanos al jazz a unos temas que evolucionaron respecto al disco pero que de todos modos resultaron más contenidos de lo que se esperaba.

Massive Attack - sonar Club - Juan Sala

Ya en el Sónar de noche, Massive Attack presentaron un nuevo espectáculo que resultó ser un reciclaje de su gira anterior. Esto no nos impidió disfrutar de sus hipnotizantes temas acompañados por unos textos reivindicativos pensados por Eduard Escoffet que encendieron la audiencia con críticas al consumismo y a la policía y mensajes de soporte a la escuela catalana y a Can Vies. James Murphy fue el encargado de calentar el ambiente para Chic en el Sónar Pub y lo hizo con una acertada selección de disco que huyó de los tópicos. Tras él, los de Nile Rodgers ofrecieron un irresistible concierto de funk en el que repasaron sus mejores temas (“Le freak”, “Good times”, ...) y también versionaron a Daft Punk y Madonna, entre otros. Podría haber sido un concierto casposo y anecdótico, pero terminó por ser una actuación colosal que sin duda se sitúa entre las mejores del pasado Sónar. Seguidamente, Daphni y James Holden ofrecieron un set cuidado que hizo bailar con electrónica de calidad. Todo lo contrario que Boys Noize, cuyo discurso EDM plano y carente de alma fue la excusa perfecta para volver pronto a casa.

El bajo atractivo de los cierres del Sónar de noche de este año, junto a unos puntuales problemas de sonido inadmisibles en un festival con semejante trayectoria, fueron los puntos débiles en una edición que a pesar de esto ha dejado un buen sabor de boca y que ha confirmado la Fira de Plaça Espanya como la ubicación ideal para el nuevo Sónar de Día.

 

Por Beto Vidal y Paul Cristòful

Publicado por Cris Mengual

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